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Capítulo
I Quisiera
someter a la consideración de los lectores algunas cuestiones relativas a los novísimos
o postrimerías, como definían los catecismos de nuestra infancia. En otras
palabras, lo referente a los últimos acontecimientos en la vida del hombre y
del mundo en general. En mi país, Cataluña, entonábamos una canción
cuaresmal popular al
respecto que rezaba así “Mort, Judici, Infern i Glòria, sants records per
no pecar” (“Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, santos recuerdos para no
pecar.) Ello presuponía un cuerpo doctrinal que, hoy en día, yace en el olvido,
sobre todo por parte de las nuevas generaciones.Concretamente, la doctrina del
Juicio Particular. ¿Qué trata de
enseñarnos la fe de la Iglesia (fides Ecclesiae) con ello? Sin duda, que
la creencia en la inmortalidad del alma no se contradice con el hecho irrebatible de
la corrupción de la carne. Los cristianos reformados, empero, no creen en la
llamada “escatología individual”[1]
, es decir, el juicio divino inmediatamente después de la muerte (mox post
mortem, según expresión de Benedicto XII en su Carta Apostólica “Benedictus
Deus”); por lo que no se plantean la cuestión de una vida después de
la muerte. Pero las iglesias romana y orientales aceptan dicha suerte de
“estado intermedio”, entre muerte y Resurrección, aunque sin especificar
nada acerca de su naturaleza exacta. Cierto
que no es tarea fácil dar con fuentes bíblicas en favor de esta doctrina. Tal
vez la más clara se encuentre en Lc 23, 43, cuando Jesús, desde la cruz,
promete al “buen ladrón”: “De
cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Por añadidura, las primeras comunidades cristianas profesaban ya el artículo
de fe “Descensus ad inferos” (“Descendió a los infiernos”)
para rescatar a las almas de los antiguos Patriarcas que se hallaban a la espera
de su venida. Por cierto, en algunas catacumbas romanas (como la de Domitila) se
encuentran frescos que representan a Jesús con la figura de Orfeo. Ahora bien,
¿qué se puede deducir de semejante “mélange” de doctrina católica,
personajes mitológicos, filosofía griega y fragmentos del Nuevo Testamento?.
¿Acaso es razonable creer hoy en una existencia “después de la muerte?”
Como
católico, sostengo la creencia en la perfecta sintonía entre Fe y Razón (Fides
et Ratio). Sé perfectamente que la razón no puede alcanzar la realidad última
contenida en las verdades de fe, pero sí, en cambio, situarse en el sendero
adecuado que conduce hasta el destino seguro. Así que, considero que hay dos
claves primordiales para abordar nuestro tema. La primera: ¿Qué entendemos por
“alma?” La segunda, ¿qué es, en realidad, la muerte?. En
realidad, ambas preguntas se entrelazan mutuamente,
de manera tal que la respuesta dada a una de ellas significa el planteamiento de
la otra. La gran dificultad de creer en un “después de la muerte”, es tener
que imaginarse la separación de “cuerpo” y “alma”, ya que se admite,
por principio, como definición de la “muerte”, el resultado de dicha
separación. Sin embargo, ¿se puede afirmar que esta hipotética alma separada
es, en realidad, una persona humana? El propio Tomás de Aquino declara: “dicere
Christum in triduo mortis hominem fuisse, simpliciter et abolute loquendo,
erroneu est”[2](“Tanto
si hablamos de forma simple, como absoluta, es erróneo sostener que Cristo
fuera hombre durante los tres días de su muerte”). Es decir, si
Sto. Tomás había adoptado el hilemorfismo aristotélico, que induce a
una concepción dualista de la naturaleza humana como unión substancial de
cuerpo y alma, y, no obstante, daba por supuesto que el propio Cristo se hallaba
desprovisto de naturaleza humana durante su estancia en el Hades, es razonable
suponer que, según la doctrina del Angélico, lo mismo se puede aplicar a todos
nosotros. Luego, si, una vez muertos, ya no somos hombres pero existimos en
alguna parte, ¿cómo podemos imaginar esta “alguna parte” sin adoptar la
creencia, de origen animista, del “alma separada” (anima separata.) Para
empezar, consideremos el famoso texto de Juan 20, 24ss, donde se relata el
episodio de la incredulidad del apóstol Tomás. Es notable que el evangelista
ponga de relieve que Jesús se aparece, ante sus discípulos, con las heridas
abiertas, tanto en las manos como en el costado. Como diríamos, en nuestros días,
el Resucitado no ha pasado por el departamento de “primeros auxilios”
celestiales. Todo parece indicar, que el evangelista desea que quede claro que
es el propio Crucificado quien ha entrado en la estancia, bajo el aspecto
glorioso que el relato evangélico ya había preanunciado. Crucifixión y
Glorificación son las dos caras de un único evento, en la teología de Juan, y
no hay duda que el evangelista ha atisbado una nueva y sorprendente antropología
sobre la base de su propia experiencia pascual. La Pascua, según ello,
comportaría una auténtica revelación de la naturaleza humana y de su destino
último. Sin embargo, ¿en qué sentido? El
cuarto Evangelio es la única fuente bíblica donde la muerte aparece como un
proceso, y no como un hecho puntual. Los discursos de Jesús, antes de su Pasión,
constituyen de hecho su propio camino hacia la cruz, y, en consecuencia, la fase
incipiente de su “proceso” mortal. Como cuenta el evangelista al principio
de su relato: “La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre
que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por ella y el
mundo no la conoció” Jn 1 8-9. Es decir, el mundo no se dio cuenta que Él
(la Palabra) era la única luz que podía iluminar la oscuridad que reina en
torno a la naturaleza humana, y por añadidura en torno a la propia muerte. La
muerte coexiste a lo largo de todo el proceso vital del ser humano, y lo que
llamamos propiamente “muerte” no es sino un momento “convencional”, que
se establece como “último”. Pero, las “convenciones” para definirlo
pueden ser múltiples: parada cardiaca y respiratoria, encefalograma plano,
entre las más corrientes. Por otro lado, las nuevas técnicas de reanimación
consiguen demorar cada vez más dicho “momento convencional”, y las llamadas
“Experiencias cercanas a la muerte”, despiertan interés creciente en los círculos
médicos estadounidenses. Dicho
de otro modo, a pesar de todas las “convenciones”, el verdadero instante de
la muerte es totalmente inaprensible. Los supervivientes contemplan la aparición
de un cadáver, que se corromperá con el tiempo, pero la pregunta clave sobre
la experiencia del morir no puede obtener, por razones obvias, una respuesta
conclusiva. De vuelta al Evangelio, fijémonos que en dos de
las tres resurrecciones reseñadas como milagros de Jesús –el hijo del jefe
de la sinagoga (sinópticos) y Lázaro (Juan) — Jesús siempre afirma que “duermen”.
Se podría explicar como recurso retórico, o didáctico, para captar la atención
del público, pero la forma sencilla y espontánea, así como el repudio de toda
publicidad, que denota el discurso de Jesús, más bien nos invita a pensar en
una firme seguridad. Es verdad que , en la mitología griega, Hypnos y Thanatos (Sueño y Muerte) se consideraban “hermanos
gemelos”. Es verdad, también , que la región de Galilea, llamada "de
los gentiles", había recibido una fuerte influencia helenística, y
que sus habitantes, entre ellos Jesús y sus discípulos, hablaban un dialecto
greco-aramaico. Pero, a pesar de ello, es harto difícil imaginar un discurso mitológico en boca de Jesús.
Creemos que, cuando Jesús asegura que los presuntos difuntos “duermen”, no lo hace de
forma teatral, sino como quien está predicando una verdad profunda, por más
ininteligible que pueda parecer. Como hemos dicho antes, “el verdadero instante de la muerte es totalmente inaprensible”. Cabe añadir: “tanto para el moribundo, como para los supervivientes”. También para la ciencia es imposible detectarlo, aun empleando las técnicas más sofisticadas. “La hora de nuestra muerte”, tantas veces citada en nuestras oraciones, no es temporal, en el sentido cronológico que solemos dar al adjetivo. La Madre Teresa estaba en lo cierto: “La muerte es un misterio”. Pero, aun así, me atrevo a decir que nada prohíbe a la razón investigar dentro de los contornos, en que dicho misterio ejerce sus dominios. Por más que la “hora de nuestra muerte” escape a la temporalidad, es innegable que se halla situada entre dos tramos temporizados, a saber, un “antes” y un “después” de la muerte, de suerte que la función matemática que describiría su aproximación mutua, no es absurdo imaginarla como tendente a una dimensión infinitesimal. Ahora bien, dicha aproximación no se halla sujeta a la aporía aristotélica de Aquiles y la tortuga por la siguiente razón. Según la percepción del moribundo, los intérvalos de tiempo experimentan un incremento creciente, mientras que, segúnla percepción de los supervivientes, estos intérvalos son decrecientes. Así, llegada al límite, la percepción del moribundo tendería ex hypothesi a una duración infinita, mientras que la de los supervivientes tendería a cero, es decir, a anularse. De ser ello cierto, la muerte sería un proceso en el que la conciencia en incapaz de arribar al final. Dicho de otro modo, para el ser humano, la muerte representaría la incapacidad radical de escapar a su propio tiempo. No
es tarea fácil, y sí arriesgada,
explicar, de forma
conceptual, el núcleo de mi tesis. Es preciso abandonar el concepto ordinario
de tiempo lineal, así como la idea de un comienzo y de un final
de la vida. Al final del último párrafo, he insinuado que “la experiencia
de la muerte, para el ser humano, equivaldría a la incapacidad radical de
escapar a su propio tiempo vital” Esta afirmación, sin duda pretenciosa,
requiere algún tipo de experiencia empírica, para poder tomarse en serio.
Consideremos el mundo de las experiencias oníricas. Con independencia de las
especulaciones psicoanalíticas, es bien conocida, entre los soñadores
habituales, la experiencia de cambios notables de percepción espacio-temporal
en la propia conciencia. El psicólogo alemán Werner Kemper, en su libro “Der
Traum und seine Bedeutung”[3],
relata el “famoso sueño de Maury”. “Este, después de una larga historia
anterior que en el sueño duraba varios días, fue llevado por fin ante un
tribunal de la Revolución Francesa
y condenado a morir guillotinado. Maury vive luego, en su sueño, el trayecto de
varias horas a través de París, en el carro de los condenados, hacia el lugar
de la ejecución; contempla después los detalles de los preparativos para ésta
y finalmente siente como cae vertiginosamente la cuchilla. En ese instante se
despierta, bañado en sudor, y comprueba que se había desprendido sobre su
lecho una varilla del dosel, y al caer le había golpeado en la nuca. Vemos,
pues, que el tiempo –sólo fragmentos de segundo — que transcurre desde el
momento en que la nuca es golpeada por la varilla al caer hasta el despertar
total, ha bastado para producir un sueño cuya acción duraba varios días.”
(p.36) Parece claro, pues, que, para el sujeto humano, hay una dimensión espacio-temporal interna que transcurre de forma paralela a la externa, pero en sentido opuesto. El problema estriba en saber si esta dimensión interna de la conciencia puede, o no, desplegar sus percepciones particulares en un tramo de tiempo tan corto como se quiera. Ya hemos aludido antes a la explicación del fenómeno por la teoría matemática de los límites. Luego, si en el caso particular de la muerte humana, se pudiera imaginar un intérvalo sin fin para la dimensión interna de la conciencia, ello abriría un panorama nuevo para explorar, con la ayuda de la Fe y la Razón, el tema de la inmortalidad del alma y, a la vez, hasta qué punto nos es dable hablar de "vida después de la muerte"
>>>Regreso
al principio de página
[1] Soy consciente del significado equívoco que puede tener, para el lector español, la palabra “escatología”. En nuestro caso, se refiere a la teología de los novísimos, o últimas realidades, y procede del griego “eschatologia”, como tratado del “éschaton” o “lo último”. La otra acepción, procede de la palabra, también griega, “skatologia”, y se refiere a la palabra “skatos” que significa “excremento” o “suciedad”. Considero una lástima que la gramática española, a diferencia de otras lenguas europeas, no haya conservado los dígrafos latinos correspondientes a consonantes griegas extrañas. Ello hubiera evitado muchos equívocos. [2] ST III, q.50a, 4 [3] Existe traducción española “El significado de los sueños”, Alianza Editorial, Madrid 1969 |
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