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Nuestra
exposición precedente podría resumirse en estas palabras: El misterio de
nuestra Salvación, basado en la muerte y resurrección de Jesús, puede
someterse al razonamiento humano y, a la vez, aplicarse a nuestra propia
naturaleza en toda su extensión. En otras palabras, Jesús, no sólo nos redime
del pecado y de la muerte, sino que también revela aquellas cosas, que hasta
entonces se hallaban sumidas en espantosa oscuridad. Cierto que dicha revelación
se da en la fe, a través de la experiencia pascual de los apóstoles, pero su
dimensión de racionabilidad –lo que los escolásticos llamaban preambula
fidei – ha de desplegarse de forma gradual,
por medio de ulteriores reflexiones teológicas y científicas. Hemos
sugerido, con anterioridad, que la hora de nuestra muerte puede ser
pensada en forma de momento intemporal e inalcanzable, en el cual nuestra
conciencia ya no pueda discurrir más allá del intervalo temporal que lo
fundamenta. Dicho de otro modo, la conciencia, por medio de un proceso asintótico,
se va acercando para siempre al límite sin alcanzarlo jamás. No es difícil
adivinar que estamos describiendo un círculo vicioso. Una conciencia humana
ensimismada para siempre, supondría un “sueño de la guillotina” sin fin,
donde la excursión de Maury por las calles de París hacia el cadalso sería sólo
un leve anticipo de una vida, vivida una y otra vez sin fin, incrementando sin
cesar la atención en los detalles horribles de la miseria de la criatura, que
va cayendo en la inmensa sima del pecado. Este infierno real podría ser el
precio natural del pecado original, que cada alma inmortal estaría obligada a
satisfacer a cuenta del primer Adán. Ahora bien, esta “alma inmortal” no
sería en absoluto una anima separata, sino el dominio despótico de la
conciencia sobre un cuerpo que, cada vez, se torna más y más debilitado hasta
su completa aniquilación en un proceso sin fin. Nuestros sueños y pesadillas,
con todas sus imágenes paradójicas, sólo serían –como sugeríamos antes—
una minúscula degustación de la condena de los hijos de Adán. La muerte sería
una especie de “agujero negro” que engulliría la conciencia, en un revivir
en intensidad creciente la vida total del individuo. Los relatos míticos de las
culturas ancestrales extendidas por todo el planeta, suelen pintarnos
situaciones dolorosas para los muertos. Homero, por ejemplo, explica que, en su
visita al mundo inferior, Aquiles confiesa a Ulises que preferiría ser un
miserable esclavo vivo antes que el rey de los muertos. Su única alegría en el
Hades proviene de la noticia que su hijo Neoptolomeo se ha convertido en un
guerrero diestro y respetado. En las epopeyas homéricas, la muerte es el final
de todo, y es imposible cualquier contacto satisfactorio entre vivos y muertos.
Además, en el Hades, las almas han perdido la memoria, la razón y la facultad
de querer. Sin
embargo, esta muerte sin fin, como consecuencia concomitante del pecado original, con la
misma “originalidad” se halla emparejada con
la Promesa de salvación: “Entonces Yahveh Dios dijo a la
serpiente: ‘Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre
todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás
todos los días de tu vida. Enemistad pondré entre tú y la mujer, y entre tu
linaje y su linaje: el te pisará la cabeza mientras acechas tú su
calcañar’”
(Gen 3, 14-15) Esta sentencia divina, más bien oscura, se conoce bajo el nombre
de Protoevangelio. No es, de ningún modo, presumible que el autor (autores),
o compilador, del libro del Génesis tuviera en mente una verdadera situación
de los orígenes; lo más probable es que el texto pusiera de relieve la
expectación de los tiempos mesiánicos, mediante temas simbólicos inspirados
en las mitologías babilónicas durante el exilio. Sin embargo, las interpretaciones
posteriores, tanto del judaísmo tardío, como del cristianismo primitivo,
encuentran en el texto argumentos para justificar su interés creciente por la
escatología individual. El término tertia
die (al tercer día), que los cristianos elevarán a la categoría de symbolum fidei,
puede que exprese el concepto judaico de una experiencia total de la muerte,
pero, en tal caso, podríamos preguntarnos si ello legitima nuestro intento de
aplicar una prudente positividad a la simple explicación teológica. La
realidad de la resurrección de Jesús puede examinarse bajo dos perspectivas
teológicas, a la vez diferentes y complementarias. En primer lugar, como la
victoria final del Crucificado sobre sus enemigos y la prueba del apoyo divino a
su causa. En segundo lugar, como una experiencia inenarrable de los apóstoles,
para la cual la frontera del lenguaje impide cualquier definición unívoca. ¿Constituye,
pues, una zona acotada, cualquiera que sea su dimensión, para los preambula
fidei sobre el tema? En otras palabras, la resurrección de Jesús ¿puede
incluirse en una perspectiva global de la historia de la humanidad, o más bien
debe considerarse como una intervención divina especial y sin vínculos de
causalidad con la naturaleza de las cosas? La opción no es nada fácil. Pero,
sin arrinconar el supuesto de una intervención divina especial, creemos que la
Resurrección no es ajena a la “naturaleza de las cosas”, dentro del
orden de la caída por el pecado original. Releamos con atención el
conocido fragmento de la primera carta de Pablo a los corintios: “Ahora bien, si se
predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos ¿cómo andan diciendo
algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Si no hay resurrección
de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra
predicación, vana también vuestra fe. Y somos convictos de falsos testigos de
Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no
resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no
resucitan, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es
vana: estáis todavía en vuestros pecados. Por tanto, también los que
durmieron en Cristo perecieron. Si solamente para esta vida tenemos puesta
nuestra esperanza en Cristo, ¡somos los más desgraciados de todos los hombres!
¡Pero no. Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que
durmieron. Porque, habiendo venido por un hombre la muerte, también por un
hombre viene la resurrección de los muertos” (1 Co 15, 12-21) Con
este alegato contra los que no creían en la resurrección de los muertos, el Apóstol
proclama con énfasis su imposibilidad de ser cristianos. Su argumento es hábil
y sutil. En el supuesto que la resurrección de los muertos no se correspondiera
con la naturaleza de las cosas, sería irracional proclamar la propia resurrección
de Cristo. Es más, la realidad genérica de la resurrección se funda en la
entrada de la muerte por el pecado de Adán y, por añadidura, en la inutilidad
de dormirse en Cristo, si El hubiera permanecido en el Hades. Está claro que,
sin la muerte, la resurrección es impensable, pero lo mismo hay que decir, de
forma correlativa, acerca de la muerte: la resurrección sería un concepto vacío
de sentido, sin la realidad de la muerte. Dicho de otro modo, el Apóstol
establece el binomio muerte-resurrección como algo conspicuo dentro del nuevo
orden cósmico inaugurado por el pecado de Adán y consumado en el sacrificio de
Cristo. Eso es lo que canta la Iglesia en la vigilia de Pascua: “O felix
culpa, quae tantum Redemptorem meruisti” (“¡Oh, culpa feliz, que
mereciste tan gran Redentor!) El valor de la perícope paulina, que acabamos de comentar, radica especialmente en su importante ayuda para nuestro estudio temático de la Resurrección secundum rem. Ante todo, debemos negar con firmeza toda idea teológica sobre la presunta no historicidad de la resurrección de Cristo. Se trata de un verdadero acontecimiento, ocurrido dentro de las coordenadas espacio-temporales aunque apuntando a otra dimensión. El triduum mortis (tres días en el sepulcro) se considera una expresión tradicional de la religión judía, con referencia a la consumación del proceso de la muerte (descensus ad inferos). Sin embargo, podría relacionarse, bajo nuestras categorías modernas de pensamiento, con el proceso tanático, a que nos referíamos en el Capítulo I de nuestro estudio. Escribíamos: “La muerte, para el ser humano, podría ser su incapacidad radical de liberarse de su propio tiempo vital” Pues bien, en términos análogos, podríamos establecer que: La resurrección, para el ser humano, podría tratarse de la capacidad, gratuitamente recibida, de hacer posible esta liberación de su último tramo temporal, y así poder traspasar el límite. El resucitado se convertiría entonces, en amo y señor del espacio-tiempo vivido en su propia vida, dejando de ser su prisiomero y esclavo. Volviendo
al tema del triduum mortis, que parecería apuntalar nuestra tesis sobre
la muerte como proceso, hay que reconocer serias dificultades procedentes de los
propios textos evangélicos . Los cuatro hacen referencia a una muerte
real en la cruz (Mt 27, 50. Mc 15, 37).
Lc 23, 46, Jn 19,30). Podríamos soslayar la dificultad con el argumento
de la muerte clínica en la cruz, y la definitiva al tercer día en el
interior del sepulcro. Pero las señales apocalípticas que acompañan el
acontecimiento narrado –en particular, en los sinópticos— nos inducirían a
abandonar este argumento acomodaticio. No obstante, antes de darnos por vencidos,
prestemos atención al relato de Mateo. Como los demás sinópticos,
hace referencia al rasgado del velo del Santuario “en dos, de arriba
abajo”, pero sólo él añade (“...tembló la tierra y las rocas se
rajaron. Se abrieron los sepulcros y muchos cuerpos de santos difuntos
resucitaron. Y, saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él,
entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos”) Mt 27, 51-53. ¿Cuál
sería el significado de este extraño apéndice? Algunos comentaristas ven en
este fragmento la confirmación del carácter escatológico de la muerte de Jesús,
a guisa de adelanto del Día del Señor predicado por los profetas, como Daniel:
“Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos
para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno” (Dan
12,2). Sin embargo, opinamos que a partir de resonancias y concordancias dudosas,
no podemos permitirnos deducir un significado definitivo sobre el texto en
discusión. Si reducimos lo que relata Mateo a una mera referencia a la Ley y
los Profetas, ello ensombrece la novedad radical de la Buena Noticia (euangelion) No
hace falta decir que los hechos apocalípticos descritos por Mateo carecen
totalmente de testimonios. No hay tradición alguna que dé cuenta de los muchos
que recibieron las apariciones en la Ciudad Santa después de la
resurrección de Jesús. No obstante, es notable el lapso de tiempo que
establece Mateo entre la apertura de los sepulcros, con los cuerpos resucitando,
y su entrada en la ciudad santa para aparecerse a mucha gente después de
la resurrección de Jesús. En realidad, Mateo nos habla de dos trayectos
paralelos. El de Jesús, desde la cruz hasta la resurrección, y el de los santos
difuntos, desde la apertura de los sepulcros hasta la entrada en la ciudad
santa para aparecerse a muchos. ¿Podríamos concluir, de ello, que
Mateo, por medio de la parábola de los santos difuntos resucitados, nos está
indicando un proceso dinámico en la muerte de Jesús? ¿Se puede pensar
en una referencia implícita al descenso de Jesús al Sheol? Para un judío
piadoso, y Mateo sin duda que lo era, “sepulcro” y “Sheol” eran lo mismo,
aunque contemplado bajo dos perspectivas diferentes: una, estática, otra.,
dinámica. He
aquí otra observación sobre la singularidad del relato de Mateo. Es verdad que
el evangelista se refiere a la muerte de Jesús en la cruz. Pero, no es menos
cierto que las palabras usadas para describir el acontecimiento difieren de los
demás sinópticos. El texto griego original dice: “ho dé Iêsoûs pálin
kráxas phonê megalê aphêken to pneûma”, que la Biblia de Jerusalén,
versión castellana, traduce: “Jesús, entonces, dando de nuevo un fuerte
grito, exhaló el espíritu”. Podría tratarse
de una cuestión de detalle sin importancia, pero la expresión griega
“aphêken to pneûma” (exhaló el espíritu), no es la misma
que “ek-epneusen” (expiró), de Marcos y Lucas. Sin embargo,
el parecido con Juan parece evidente “parédôken to pneûma (entregó el
espíritu) En cualquier caso, la exhalación y entrega del espíritu,
de Mateo y Juan respectivamente, sugieren el dinamismo del “camino hacia el
Padre”, a diferencia de la simple expiración o “colapso
respiratorio” descrito por Marcos y Lucas. Como
conclusión para este segundo capítulo de nuestro estudio, podemos constatar
que la idea conceptual de la muerte como proceso –proceso tanático —
no contradice los datos contenidos en los relatos evangélicos sobre Jesús
crucificado. Más adelante, seguiremos con las implicaciones teológicas y
antropológicas de nuestra tesis.
>>>Regreso
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