Las ultimidades del hombre y el "más allá"

 

 

 

 

 

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Capítulo III 

Muerte y Resurrección de Jesús constituyen, pues, el binomio que designa un único y solo acontecimiento. Tratemos, pues, de escrutar los posibles preambula fidei del mismo. ¿De qué modo la razón humana puede recorrer los senderos de este misterio, sin traicionar las exigencias de rigor científico, ni los postulados de la fe? En primer lugar, desde el punto de vista católico, la Resurrección, aunque misterio de fe, no contradice la naturaleza de las cosas. Lo haría, si se diera el caso de la resurrección de un simple cadáver, en el sentido de una carne corruptible, pero éste no es el caso de Jesús. Jamás ha existido un “cadáver de Jesús”, en el sentido propio del término. De ahí, la mención del tercer día como consumación del proceso tanático, pero no como inicio del proceso corruptivo. Al tercer día tiene lugar la destrucción triunfal del muro que propicia el “portal de salida” del laberinto del Hades, completamente perforado por el poder y la gloria de la naturaleza divina del Crucificado. De este modo, Él derrota a la Muerte en el interior de su propio alcázar, y el reino de los muertos, el Sheol, pierde su condición de abismo sin fin, para convertirse en el verdadero Camino que ostenta las huellas  del Resucitado de entre los muertos.

 

No es posible evitar, empero, el uso del lenguaje religioso para describir el evento pascual. Los esfuerzos para conseguir una terminología positiva parecen fracasar a causa de las fronteras que delimitan el lenguaje humano. Pese a ello, el propio lenguaje religioso, no se halla tan lejos, como se supone, del lenguaje positivo. A primera vista, parecería imposible describir los detalles de la resurrección de Jesús a la manera de un proceso biológico,  pero prodríamos preguntarnos qué es, en definitiva, un proceso biológico, sino una cadena de indeterminados eventos misteriosos, cuyo resultado final es, precisamente, la aparición del llamado proceso. El error de algunos teólogos reformados consiste –a mi modo de ver— en su intento de soslayar la dificultad mediante la aplicación del método “desmitologizador”. Al homologar misterio y mito, cualquier expresión de la fides Ecclesiae —como es el caso de la Resurrección —debe, según ellos, sacudirse sus ataduras mitológicas, de modo que pueda revelar su valor salvífico en cualquier tiempo y lugar. Sin embargo, este “valor salvífico” se entiende a nivel puramente jurídico; es la prenda de nuestra propia resurrección en el último día. La posición católica, en cambio, considera el misterio como la expresión más adecuada para describir la verdad de fe, y los teólogos han de mantener intacta su formulación. De este modo, y volviendo a nuestro tema, no somos en absoluto desleales a los contenidos de la fe en la Resurrección, si hablamos en términos de proceso biológico, puesto que, haciéndolo así: mantenemos intacto el misterio inherente a  la formulacion  de la fides Ecclesiae. Porque la postura tradicional católica no es desmitologizadora, sino, en todo caso, positivizadora.

 

El proceso biológico de la resurrección de Jesús es comparable a la “cadena de eventos misteriosos”, aludidos en el párrafo anterior, que configuran nuestro proceso biológico humano. Se nos puede objetar que, en el caso de Jesús, además de la unión hipostática, se da el caso de su concepción inmaculada, con la consiguiente imposibilidad radical de cometer acciones pecaminosas. A ello respondemos que, si ambos privilegios no pueden, de ningún modo, detectarse por vía científica, lo mismo ocurre con la carencia de “privilegios” inherente a nuestra condición pecadora. El proceso biológico conducente a la Resurrección sólo podría detectarse, si el hipotético observador pudiera seguir, paso a paso, el desarrollo de cada eslabón de la “cadena de eventos misteriosos”. La realidad fáctica, empero, nos dice que dichos eslabones sólo se manifiestan en el comportamiento personal del ser humano en cuestión. En otras palabras, parece haber “algo”en la biología humana irreducible a la dimensión espacio-temporal, pero realmente existente.

 

El proceso mortal, o tanático, de todo ser humano debe contemplarse como biológico en su totalidad, en el sentido que los lindes entre natural y sobrenatural no son más que un puro concepto formal (Una vez más nuestro desacuerdo con los teólogos reformados, que rechazan toda continuidad entre “natural y sobrenatural”) La estancia en el Hades es la expresión simbólica de la imposibilidad, inherente a la conciencia humana, de liberarse por si misma de la aproximación sin fin al límite del proceso. Ahora bien, esta imposibilidad existe desde los mismos orígenes de la existencia personal, y constituye el origen del mal que nos acompaña a lo largo de la aventura vital. Es imposible saber exactamente la naturaleza del pecado original cometido por el primer Adán, así como el modo operativo con que afectó a todo el género humano. El relato del Paraíso Perdido es el símbolo, y nos da cuenta de las principales consecuencias derivadas: la tierra maldita por culpa del hombre, necesidad de trabajar para alimentarse, parto doloroso para las mujeres, y, al final, la muerte. De hecho, el Génesis no nos anuncia nada que pueda resultar insoportable para una criatura viviente. El Creador predice la amenaza de muerte en caso de desobediencia a su Voluntad, pero, dadas las circunstancias, ¿representa ello un verdadero castigo? Si todas las criaturas vivientes tienen la muerte como fin, ¿dónde está la “pena?” La única respuesta plausible liga con nuestra idea de la muerte humana como “aproximación sin fin al límite del propio proceso tanático”. Es decir, la muerte no sería nunca un castigo, a menos que fuese “vivida” por el propio moribundo. El relato de Edén revelaría, así, una verdad inquietante: Por causa del pecado, el Hombre se convierte en la única criatura capaz de vivir su propia muerte.

 

Tales disquisiciones, aunque algo dispersas, nos llevan a concatenar el papel de la resurrección de Jesús en el contexto de los acontecimientos dramáticos de la protohistoria de la humanidad. Si, como acabamos de establecer, el hombre es “la única criatura viviente que puede vivir su propia muerte”, el término Resurrección expresa justamente esta misma experiencia vivida por la “naturaleza humana” de Cristo. En consecuencia, la Resurrección no ha de confundirse con  tipo alguno de “resucitación” o reanimación médica, ya que su sede particular se halla al final, o consumación, del propio proceso tanático. La resurrección de Jesús tergiversa, pues, el callejón sin salida inicial de la muerte, convirtiéndolo en fuente de glorificación. Esta “solución final", imposible para el hombre, es posible para Dios. Y Dios actúa en la naturaleza divina de Jesús. No como un Poder extrínseco, sino por la unión íntima de ambas naturalezas, divina y humana, en la Persona del Verbo. Lo que en lenguaje teológico tradicional recibe el nombre de Comunicación de Idiomas[1]

 

Así pues, viviendo su propia muerte por medio de la Resurrección, la humanidad  de Jesucristo redime nuestra penosa condición. “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mi, aunque muera, vivirá” (Jn 11, 25) dice Jesús a Marta antes de la resurrección de Lázaro. A base de repetir esta frase una y otra vez, hemos dado por supuesto su significado, y la hemos trivializado en cierto modo. Pero, si le prestamos atención, como si fuese la primera vez que la oímos, en tal caso podriamos extraer de tales palabras el agua fresca que, de forma sorprendente, contienen en el pozal de su interior.  Parece claro que Jesús no las pronunció al azar –sobre ello, apenas hay desacuerdo entre los exegetas del NT —pero, no se suele asignarles una acepción literal,  en el aspecto biológico. En las palabras de Jesús, el actor se identifica con la acción, a fin de que la respuesta del creyente sea mucho más que un acto de fe purament formal. La respuesta tendrá que ser una auténtica in-corporaciónal objeto de la fe, es decir, a la persona de Jesús. En el lenguaje del Nuevo Testamento, la fe (pistis) no significa simplemente dar crédito a un acontecimiento, sino dejarse transportar por él en la dimensión de la eternidad. Basta recordar, al respecto, la cantidad de nombres de pila, generalmente femeninos, con claras referencias a acontecimientos relacionados con la vida de Jesús: Inmaculada, Concepción, Encarnación, Anunciación, Visitación, Natividad, Epifanía, Adoración, Purificación, Ascensión, Asunción., en particular en los países latinos. Y no deja de extrañarme la escasa atención que el hecho merece entre las autoridades teológicas.

 

La intuición profética del pueblo cristiano ha adivinado, en el curso de los siglos, que la conjunción persona-acontecimiento tiene muchísimo que ver con el hecho de la Salvación. Es mas, gracias a la liturgia, han llegado a comprender el carácter supratemporal de dicha conjunción. Para el creyente sencillo no hay ninguna dificultad en admitir que Jesús nace cada Navidad de forma real. El creyente sencillo parece intuir una verdad de enorme calado: La condición de resucitado de entre los muertos comporta la capacidad de convertir en presente cada momento de su propia vida temporal. Así,  la vida eterna aparece –bajo esta perspectiva— no como un continuum sin fin, después del período mundanal, sino como el propio “período mundanal” no limitado por las condiciones espacio-temporales. La persona resucitada puede “pasear” a lo largo de su vida temporal, reviviendo sus más ínfimos detalles, a la vez que su más profundo significado. Pero, no a semejanza de la mera reproducción de una cinta de video grabada, sino como introspección en la propia circunstancia espacio-temporal revivida. De hecho, el significado teológico de Sacramento va en esta dirección: La “presencia” de Cristo Resucitado, “paseándose”en nuestra circunstancia temporo-espacial, se capta, a través de nuestros sentidos, en el agua del bautismo, en los óleos, en las imposiciones de manos, en el perdón de los pecados, en el pan y vino eucarísticos, e incluso en los cuerpos de marido y mujer unidos en matrimonio.

 

Tales consideraciones nos remiten a un concepto dinámico de la Salvación, lejos de la forma estática con que algunos han tratado la visión beatífica celestial. La continua presencia de Dios, en nuestra vida temporal, que no podemos percibir a través de los sentidos, una vez resucitados de entre los muertos,  podremos verla en la revivificación pascual de nuestra única vida, que no es otra que la temporal. Como la Resurrección de Cristo, la nuestra será el reverso de la moneda de nuestras “Pasiones” temporales, a saber, de los sufrimientos a que nos habremos visto sometidos. Nuestra gloria será, como en Jesús, nuestras propias heridas en las manos y en el costado. Nuestras tribulaciones temporales se transmutarán en nuestra felicidad eterna en el Cielo. “La mujer, cuando da a luz, está triste, porque le ha llegado su hora; pero cuando el niño le ha nacido, ya no se acuerda del aprieto por el gozo de que ha nacido un hombre en el mundo. También vosotros estáis tristes ahora, pero volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os podrá quitar vuestra alegría” (Jn 16, 21-22)

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[1] Este término técnico, de origen escolástico, expresa el núcleo de la llamada cristología descendente, que pone el énfasis en el hecho de la Encarnación. Así, desde su concepción en el seno de María, Cristo, como Dios, habría ostentado el conocimiento absoluto, comunicado paulatinamente a su naturaleza humana. Aquí la palabra “Idioma” hay que entenderla en el sentido griego original, que significa aquello que es “idion”, es decir, propio, característico de algo, o alguien. Por derivación, el mundo latino le confirió la sinonimia con “lengua”, que en griego se traduce por “dialektós”.