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SOBRE LA
HISTORIA DEL DESCIFRAMIENTO
DE LA ESCRITURA ÍBERA
Los inicios del desciframiento (más preciso sería el término decodificación) de la escritura íbera son un curioso ejemplo de cómo un fundamento teórico correcto puede conducir a un resultado equivocado, mientras que uno claramente equivocado puede conducir a la respuesta correcta.
La premisa correcta era que la escritura íbera procedía de la fenicia. Durante mucho tiempo, las monedas constituyeron casi el único tipo de inscripción ibérica estudiada y los numismatas afrontaron el estudio de sus signos con dicha premisa (en aquella época se desconocía la diferencia entre meridional, levantino y celtibérico). En 1752 Luis Joseph Velazquez (1) escribía que "las Letras desconocidas Españolas pertenecen à los Alphabetos Griego, y Phenicio; y por consiguiente, para descubrir su verdadero valor, no hai medio mas seguro, que cotejarlas con las Letras Phenicias, y Griegas mas antiguas", pero pronto el bajo porcentaje de signos vocálicos en las inscripciones llevó a la conclusión de que el sistema era similar al fenicio: un alefato que sólo escribe los signos consonánticos y esporádicamente las vocales (al igual que el fenicio y con más frecuencia el arameo o el hebreo con las 'matres lectionis'). Tomando como base las pocas monedas con inscripción bilingüe y la identificación de las cecas emisoras con las ciudades cuyo nombre era conocido por los textos latinos, se inició un proceso de propuestas de lecturas para los signos de las monedas. Pero como quiera que había muchos más signos diferentes que el número predecible de valores alfabéticos (así como frecuentemente a causa de la suposición de que todas las monedas pertenecían a la misma escritura o de las dificultades para distinguir entre sus variantes), nos encontramos con que diversos signos tienen la misma transcripción (obviamente esto solía acontecer con los signos silábicos de un mismo grupo consonántico, pero esto era algo que desconocían).
Con todo, y pese al escaso número de inscripciones conocidas, lograron algunos avances importantes y a fnales del s. XIX algunos investigadores descubrieron la correcta transcripción silábica de unos pocos signos tales como: ba y bi por Heiss (2) (propuesta que fue rechazada por sus contemporáneos); y ko,ke y du por Zobel de Zangroniz (3). Esta situación fue culminada por E. Hübner en su gran corpus Monumenta Linguae Ibericae (Berlin 1893) que estableció la frecuencia de ka, ke y de du. ¿Pero por qué no reconocieron la naturaleza silábica de algunos signos íberos?. Simplemente porque supusieron que eran nexos ('litterae ligatae' como dijo Hübner) dos signos escritos conjuntamente, algo habitual en las inscripciones latinas, y consecuentemente lo consideraron como un hecho caligráfico excepcional.
Pero el auténtico desciframiento no tuvo lugar hasta 1925, cuando M. Gómez -Moreno Martínez (Granada 1870- Madrid 1970) publicó "Sobre los iberos: el bronce de Ascoli" donde tras haber expuesto en un artículo previo su "opinión" de que los presuntos signos de consonante oclusiva íberos eran en realidad silábicos, publica por fin un mínimo signario y algunas transcripciones (4). ¿Cómo lo hizo?. Bien, Gómez-Moreno dispuso de una serie de ventajas significativas: el corpus de inscripciones editado por Hübner, la inscripción latina de Ascoli (hallada en 1908; aunque probablemente marginal en el desciframiento) con una larga serie de antropónimos íberos y el plomo de Alcoy (hallado en 1921) con un texto íbero escrito en alfabeto griego. Estas dos novedades epigráficas le permitieron conocer cómo sonaba la lengua íbera, cuáles eran sus fonemas e identificar elementos léxicos íberos, especialmente los usuales en los nombres de persona. Además de esto, en su breve explicación hecha en 1943 indicó que le había parecido llamativo el hecho de que a los presuntos signos alfabéticos de consonantes oclusivas (t, th, d, etc.) casi nunca les siguiera una vocal, cosa que sí era habitual en las consonantes no oclusivas.
Pero yo creo que en su éxito también resultó crucial el que partía de una premisa teórica distinta, a partir de la cual consideraba que la escritura íbera no era ni un alfabeto como el griego ni un alefato como el fenicio, sino que un silabario del segundo milenio a.C. que, bajo la influencia de los alfabetos, había devenido semisilábico. El hecho era que las inscripciones chipriotas podían leerse desde 1874, gracias a los trabajos de Smith y de Schmidt,y que su escritura resultó ser un silabario y, consecuentemente, las inscripciones egeas "pre-griegas" pasaron a ser consideradas también silábicas. Bien, tal y como Gómez-Moreno explicitó más tarde, él tenía en mente un concepto novelesco del origen de las escrituras paelohispánicas basado en la asunción de que la cultura de El Argar tuvo su origen en la cultura minoica y que habría culminado en el segundo milenio como Tartesos, entendido como un gran reino (de hecho sus propuestas de origen de los signos ibéricos son un absurdo batiburrillo en que unos provienen del fenicio, otros del griego, otros de la escritura chipriota, otros del protocananita, otros del jeroglífico egipcio, etc.). Esto era totalmente erróneo, pero le ayudó a identificar el carácter semisilábico de la escritura íbera .
El sistema de Gómez-Moreno fue aceptado principalmente fuera de España por investigadores como G. Hill (5) o J. Ferrandis (6), pero, en parte por la falta de explicaciones, en España sólo fue aceptado tras su re-formulación en 1943 (7). Este desciframiento permitió una mejor diferenciación entre las inscripciones ibéricas (de hecho el celtibérico y el íbero levantino conjuntamente) y las inscripciones del sur (sudlusitano e íbero meridional conjuntamente). El desciframiento del íbero levantino por Gómez-Moreno fue casi completo, si bien algunos avances y correcciones significativas ha sido efectuados por Maluquer, Untermann y Rodríguez Ramos sobre el levantino y por Schmoll y Villar sobre celtibérico.
En 1961 se publicaron dos trabajos sobre los sistemas de escritura meridionales. El primero era de M. Gómez-Moreno (8), el segundo de U. Schmoll (9). El artículo de Gómez-Moreno era erróneo y endeble. No se dió cuenta de las diferencias entre el sudlusitano y el meridional, no intentó siquiera ningún tipo de análisis interno y se limitó a extrapolar las formas de los signos levantinos para identificar los valores de los signos del sur. Por el contrario, Schmoll sí distinguía entre sudlusitano y meridional e identificó la redundancia vocálica de la escritura sudlusitana, aspecto que resultó crucial para determinar el timbre vocálico de los signos silábicos. De hecho, Schmoll sienta las bases del desciframiento tanto de la escritura íbera meridional como de la sudlusitana, pese a que hay que reconocer la importancia de los avances posteriores sobre la escritura meridional por parte de Untermann, el brillante discípulo de Schmoll, así como sobre la sudlusitana por parte de J.A. Correa.
Pero en España, durante el oscuro periodo franquista, la eminencia nacional(ista) había de tener la razón, no el extranjero, y el sistema de Gómez-Moreno fue aceptado en España, donde no fue rechazado hasta 1974. Los investigadores españoles hicieron duras críticas contra el trabajo de Schmoll, unas veces claramente incomprendido, pero otras tergiversándolo torticeramente y empleando expresiones de dudoso gusto. Puede que en aquellos años la postura contraria hubiese podido conllevar serios problemas profesionales, pero es algo realmente lamentable. Con todo, los errores del pasado suelen tener consecuencias: el incorrecto sistema de Gómez-Moreno tuvo seguidores y desarrolladores durante los años 80, especialmente Fletcher, y es una auténtica desgracia el que el desinterés por la epigrafía por parte de los historiadores y arqueólogos españoles haya contribuido a que se seleccionase el "sistema" de Fletcher para el reciente intento de manual sobre cultura ibérica (Los iberos Ruiz and Molinos 1993), pese al hecho evidente de que el sistema Schmoll-Untermann "encuentra" en las inscripciones meridionales el mismo vocabulario íbero que en las levantinas.
1. Ensayo sobre los alphabetos de las letras desconocidas, Que se encuentran en las más antiguas Medallas y Monumentos de España, Madrid 1752, p. 25.
2. Description génerale des monnaies antiques de l'Espagne (Paris, 1870).
3. Jacobo Zobel de Zangroniz (Manila 1842-1896): Ensayo histórico de la moneda española desde su origen 1877.
4. Los artículos clave son los siguientes: (1922) "De epigrafía ibérica: el plomo de Alcoy" Rev. de Filología Española 9, 34-66; (1925) "Sobre los iberos: el bronce de Ascoli" Homenaje a D. Ramón Menéndez Pidal III, 475-499; (1943) "La escritura ibérica y su lenguaje" Bol Real Academia de la Historia CXII,II, 251-278. Los tres artículos fueron reeditados con modificaciones en el recopilatorio (1949): Misceláneas. Historia, Arte, Arqueología. I. Antigüedad, Madrid.
5. Notes on the ancient coinage of Hispania Citerior (New York 1931).
6. "Les monnaies hispaniques" in IV Congrès Internationale d'Archéology
7. Tal y como Gómez-Moreno lamentaba en 1961 "Por acá nadie les hizo caso". También Caro Baroja hizo una referencia a que omitía dar los nombres de algunos conocidos profesores universitarios que en sus clases despreciaban y ridiculizaban las lecturas de Gómez-Moreno.
8. "La escritura bástulo-turdetana" RABM LXIX,2, 879-948. De hecho este artículo puede entenderse como una explicación del cuadro de 1943 (p. 277) en que recogía los equivalentes "tartesios" de los signos ibéricos.
9. Die südlusitanischen Inschriften, Wiesbaden 1961.
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