| |
El otro día quise
hacerme limpiar los zapatos y decidí acudir a un limpiabotas profesional.
Hacía un día soleado y el tráfico moderado invitaba
al paseo y a solazarme.
Bajé calles y más calles, siempre en dirección al
mar, y cuando me di cuenta había transcurrido toda la tarde y ya
estaba casi en la Diagonal. ¡Cuán pequeña parece Barcelona
estando embriagado de felicidad! Pensé que aquel era un buen sitio
para buscar un “limpia” (así se llaman los limpiabotas
en el argot del subsuelo) y ordenarle que sacara brillo a mi sufrido calzado.
Pero cuál fue mi sorpresa cuando miré a mi alrededor y ¡no
hallé ninguno! Escéptico, me dirigí a un establecimiento
de bebidas y pregunté por el “limpia” más próximo.
El camarero me dijo que el más próximo estaba en 1968, puesto
que ya no quedaba ni uno. ¡Habráse visto!
Estoy seguro de que el barman todavía se está riendo de
su ocurrencia, pobre desgraciado, y no es capaz de tomar conciencia de
un problema que afecta a toda nuestra ciudad y que crece de manera irreversible.
Sin limpiabotas la gente tendrá que irse a limpiar los zapatos
a otras ciudades, como Madrid. En un momento en que Madrid gana peso con
respecto a Barcelona, será funesto que las personas que quieran
un servicio de limpiabotas tengan que irse a la meseta. Barcelona perderá
importancia económica y cultural, mientras Madrid tendrá
cada vez más competencia directa con grandes ciudades extrangeras
como Londres o Frankfurt, y eso, amigos mios, es prestigio.
José Luis Salaz es poeta y fotógrafo.
|