Mirando desde el polo norte, las ciudades de Barcelona y Castellón de la Plana no quedan exactamente en la misma dirección. Castellón está más de dos grados al oeste de Barcelona. Como la tierra gira hacia el este (o, lo que es lo mismo, mirando desde la tierra vemos que el sol gira hacia el oeste), el mediodía de Barcelona ocurre ocho minutos antes que el de Castellón (el sol tarda un día en dar toda la vuelta a la tierra, así que en recorrer un grado tarda 1/360 de día, que son cuatro minutos, y dos grados serán pues ocho minutos).
En tiempos antiguos, cuando para ir de una ciudad a otra hacían falta varios días de viaje, esta diferencia no tenía ninguna importancia. Así que cada ciudad montaba sus relojes de sol de manera que marcasen las doce cuando el sol estaba en lo más alto. Y los relojes mecánicos se ponían en hora con el sol. Por eso las doce, hora de de Barcelona ocurrían ocho minutos antes que las doce, hora de Castellón, pero nadie se daba cuenta de la diferencia.
La cosa cambió cuando se inventaron los trenes y los telégrafos. De repente, el que cada ciudad tuviese horario propio se convirtió en un lío.
La solución fue poner de acuerdo a todo el país para usar todos la hora de la capital.
Estamos, hablando, claro, de la hora media, y no de la hora verdadera. Por aquel entonces ya era más práctico poner todos los relojes del país en hora desde el reloj de un observatorio que hacer que cada campanero pusiese su reloj en hora con un reloj de sol.
La época en que se usaba la hora de la capital de cada país como referencia duró bastante poco, pues los telégrafos y trenes también se usan en comunicaciones internacionales. No era nada práctico que hubiese diez minutos de diferencia ente la hora de París y la hora de Greenwich. A principios del siglo XX, se pusieron de acuerdo casi todos los países en no usar como horario base el de su capital, sino el del meridiano de Greenwich (o el más cercano de los meridianos 15, 30, 45... al este o a al oeste de Greenwich).